Fuero de Logroño

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El Fuero de Logroño (1.095)

El conde García Ordóñez (también conocido como 'el crespo de Grañón' o 'el enemigo malo del Cid') y su esposa Doña Urraca pusieron todo el empeño en repoblar y engrandecer La Rioja. Prueba de ello fueron los Fueros que el rey Alfonso VI concedió a Nájera y Calahorra en 1076 y a Logroño en 1095, una vez rehabilitada la villa tras el saqueo del Cid. El fuero significaba, entre otras cosas, un estado jurídico favorable a la repoblación y al incremento de la artesanía y el comercio, una situación de privilegio que concede franquicias y exenciones a los ciudadanos, pasando de ser villanos a la condición de franqueza o libertad de comparar bienes y disponer de ellos comercialmente, así como la independencia de otro señor que no fuera el Rey.

El fuero lo firmó el rey Alfonso, estando en Alberite con su mujer, el 9 de Febrero de 1095. Su concesión a Logroño no fue en absoluto casual ni arbitraria: Logroño había cobrado una importancia estratégica singular y aumentado notablemente su población, a la par que crecía el continuo flujo de peregrinos que frecuentaban el camino desde su desvío por tierras riojanas. La política europeísta de los monarcas navarros fue seguida y reforzada por Alfonso VI, quien cuidó con esmero el camino jacobeo en general y en particular a su paso por La Rioja desde Logroño hasta Grañón, con la especial ayuda de dos personajes de excepción, Domingo de la Calzada y Juan de Ortega.

Gracias a los artesanos, constructores y comerciantes (judíos muchos de ellos) que se iban estableciendo en la villa al amparo del fuero, ésta pasó de ser una aldea a situarse a la cabeza de las poblaciones del camino. En apenas cien años, a la primera rúa (vieja) montada sobre los taludes del río se añadieron la rúa mayor y otras, paralelas siempre al río, y pronto se construiría una cerca, un castillo y torreones a ambos lados del puente para hacer frente a las urgencias defensivas, por su carácter fronterizo con Navarra.

También se levantaron Iglesias a San Blas, San Gil, a Santa María (la Redonda), y a Santiago, de las cuales hoy sólo nos queda una pequeña cripta y, tal vez, restos de la cimentación y de la antigua muralla en la actual Iglesia de Santiago.

El fuero de Logroño no sólo vitalizó a la creciente villa y su comarca sino que, por su eficacia política, sirvió como modelo de estructuras administrativas y jurídicas para una extensa zona del norte de España, que posteriores monarcas castellanos y navarros extenderían, primeramente, a 10 villas de toda la región, entre ellas Miranda (1099), Laguardia (1164), San Vicente (1172), Santo Domingo (1207), Viana (1219), etc. y más allá, desde Vitoria (1181) a otras 14 poblaciones del país vasco, entre ellas Orduña, Mondragón, Tolosa, Bermeo, Vergara (1268), Bilbao (1300), Guernica (1366), etc.

Monarcas posteriores concedieron a Logroño otros privilegios, como la exención de portazgos en todo el reino, excepto en Toledo, Sevilla y Murcia, otorgada por Alfonso X el Sabio y confirmada por otros 11 monarcas. Alfonso VIII, el de las Navas de Tolosa, nacido en Nájera, había concedido a la villa el privilegio de que los rebaños de Logroño 'pudieran pastar libremente en todas las hierbas que hubiese en sus reinos'. Recordemos la importancia económica que tienen en estos siglos las merindades, la trashumancia, las cañadas reales, el comercio de la carne y de la lana, etc.

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