Historia de Logroño

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Importancia estratégica

Río Ebro a su paso por el Puente de Piedra

En multitud de documentos siempre se hace referencia a la importancia estratégica de Logroño en orden a su situación en la margen derecha del río Ebro, por lo que, en buena lógica, los orígenes de nuestra capital van íntimamente vinculados a tareas defensivas, perfectamente simbolizadas por la construcción sobre las aguas del Ebro de un gran puente fortificado al que se accedía por un castillo ubicado junto a él.

Tal situación determinó que Logroño, especialmente a partir del siglo X, fuese ya objeto de especial codicia y preocupación para los monarcas navarros, aragoneses y castellanos.

Ruta Jacobea

Prescindiendo del núcleo originario asentado a la orilla de un río que siempre fue objeto de intenso tráfico y comercio desde los tiempos más remotos de la historia peninsular, nuestra ciudad comenzó a adquirir su propia característica personalidad, su auténtica carta de naturaleza, sin lugar a dudas, como consecuencia directa de las peregrinaciones a Santiago de Compostela.

En la segunda mitad del siglo XI, la Ruta Jacobea alcanzaba su mayor esplendor, de tal modo que los edificios más singulares del cogollo logroñés precisamente databan de los siglos XI y XII.

Fuero de Logroño

A tal efecto, el puente sobre el Ebro, y junto a él la histórica ermita de San Juan, donde se exigía a los foráneos procedentes de Navarra la obligación de efectuar el juramento de justicia, aparecen ya en el famoso Fuero de 1095, otorgado a Logroño por el rey Alfonso VI.

Guiándonos por este documento, los extranjeros que viniesen, bien por la zona de Nájera, bien por Cameros, se veían obligados al juramento pertinente, pero en este caso debían hacerlo en la que denominaban “cabeza de la villa”, como así era considerada la iglesia de Santa María de Valcuerna, ante la Virgen de “La Juradera”: “…y si viniese algún hombre de fuera del río Ebro que busque a juicio algún poblador que responda en su villa o en la cabeza del puente de San Juan, y si viniese otro hombre de fuera de la villa a la parte de Cameros o de Nájera y buscase para juicio a estos pobladores responda en Santa María de cabo Villa, y si viniesen al sacramento no vayan a otra iglesia, sino a Santa María de cabo Villa para dar y prender…”

Localización

Logroño a principios del siglo XX

Por consiguiente, y tomando como punto central el puente, tenemos, hacia Poniente el Convento de Nuestra Señora de Valcuerna, conocido siglos después de “Valbuena”, que se ubicaba en los mismos terrenos actualmente ocupados por los edificios del Gobierno Militar y colindantes y, no muy lejos de este Convento, ya se alzaba la Iglesia de Santiago el Real, pero no la actual, sino otra situada prácticamente en el mismo lugar y que desapareció por causa de un incendio, si bien anterior a esta segunda debió existir otra primera que, según la tradición, parece que se remontaba a las primeras centurias cristianas.

Por la otra parte de la ciudad, es decir, por el Este, encontramos el legendario Convento de San Francisco, situado justamente detrás del Hospital General de La Rioja y terrenos circundantes. Ya se nos habla de su fundación hacia 1214, razón por la cual se puede suponer que una villa de muy reducidas dimensiones contabilizaba, prescindiendo del puente, de dos grandes conventos situados a extramuros del núcleo urbano, entre ambos, el Palacio del Obispo y la Casa-Imperial y heredades en las que el prior y los canónigos de la orden del Santo Sepulcro levantaron, hacia mediados del siglo XII, la Iglesia de Santa María de Palacio. Esto nos induce a estimar que tantos y poderosos elementos de carácter religioso venían en función de la esplendorosa Ruta Jacobea, máxime cuando en pleno siglo XI el hasta entonces tradicional “Camino de Santiago” sufriera una importante variación en su trazado por deseos del monarca Sancho III el Mayor, de Navarra, quien convirtió al Puente sobre el Ebro en la principal vía de acceso para los peregrinos en su caminar hacia Nájera y Santo Domingo de la Calzada.

Evolución

El proceso de evolución de Logroño viene determinado por sucesivas líneas de ampliación hacia el Sur, siempre en sentido paralelo a la línea dispuesta por el río Ebro, no obstante, a una cierta distancia del mismo.

Según la tradición, desde el siglo VII ya figuraba la iglesia de San Blas, en los mismos terrenos de la actual Plaza de Abastos, en la calle Sagasta. Dicha iglesia se conservó hasta el año 1837, en que fue derruida para emplear sus piedras en la construcción de la muralla que, con motivo de la Primera Guerra Civil Carlista, rodeó por completo la capital.

Poco a poco, del núcleo inicial fijado por la zona de las “Excuevas” se fue ampliando hacia los espacios hoy ocupados por las calles Barriocepo, San Pablo, Santiago, y Ruavieja, y aledañas.

Con referencia al castillo, el gran espacio existente entre las calles Ruavieja, Puente, Avenida de Viana, y San Francisco, en sus accesos hacia el Puente de Piedra debió constituir el terreno donde se ubicó la gran fortaleza-castillo de Logroño, del que ya se tienen noticias en el año 1145, mediante un privilegio concedido por el rey Alfonso VII por el que este monarca, en un documento, cita el Puente de Logroño “donde está el castillo”.

Paulatinamente, y en pocos años, el recinto de la ciudad deparó excepcionales obras de carácter religioso, ya que a éstas hay que agregar las construcciones de la Iglesia de San Bartolomé y de la Catedral de Santa María de la Redonda.

Con respecto a la primera, fechada ya en el siglo XII, su carácter religioso-defensivo es evidente, ya que su torre debió estar incorporada al sistema amurallado de la ciudad.

Por lo que afecta a la segunda, ubicada en lo que sería el corazón logroñés, la iglesia románica anterior también del siglo XII, nos manifiesta que una localidad de tan reducida población como debía de ser Logroño, por el número de sus edificaciones religiosas, contabilizaba un elevado porcentaje de visitantes-peregrinos hacia Santiago de Compostela.

La importancia estratégica de Logroño ante la defensa de la frontera natural del río Ebro queda perfectamente definida por la singular apetencia con que la Villa era deseada por sus vecinos, por cuya posesión y dominio libraron múltiples escaramuzas.

Véase también

 
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